
Cuando se habla tanto de un tema, tienes dos formas de enfrentarlo trabajando en un medio de comunicación: o das tu opinión o te la guardas para ti. Tenía la firme intención de quedarme callado. No veía necesario que otro redactor les intentara explicar el mal que hacen yéndose en manada a Andorra.
Muchos han intentado aclararles que el Estado no les está robando su dinero, que los impuestos no son donaciones y que, en realidad, no se dejan el 50 % de sus ingresos en ellos. También les han comentado que el discurso que mantienen no es más que un montón de excusas para no admitir su egoísmo.
Por supuesto, también se les ha informado de que son llamados influencers por algo y que, aunque no les importe, tienen cierto deber pedagógico con una audiencia mayoritariamente joven. Por mucho que se intente, a todos ellos les entra por una oreja y les sale por la otra. No merecía la pena el esfuerzo.
Soy, además, de los que en una pequeña parte pueden ponerse en su pellejo. Todas las críticas que les lleguen son justas, pero de ninguna de las maneras aplaudiré que se les califique de malas personas. No me parecen demonios. Equivocados e interesados, sí; malas personas, no. Aunque igual cambio de parecer.
Si he salido finalmente ha sido porque ellos mismos lo han pedido a gritos. Puede que no lleguen a leer nunca estas líneas, pero si además de egoístas, interesados o peseteros —¿se puede decir esto en euros?— algunos demuestran un nivel bajo de inteligencia, entonces hay que salir.
Puedo quedarme, de mala gana, con aquello de que son libres de hacer lo que quieran. Muchos de ellos se han marchado sin hacer ruido y no he necesitado días en la UCI para recuperarme. Sin embargo, alguno no solo se marcha por todo lo alto, sino que además se comporta miserablemente al reírse de quienes no están a su nivel económico.
Varios de ellos tienen un problema tan evidente que no se dan cuenta de que esquiar en la nieve mientras se burlan del resto solo puede ser perjudicial para su trabajo. Se ríen de su propia audiencia, de sus fans. Se descojonan de las marcas con las que han colaborado. Se permiten el lujo, en definitiva, de pasarse por el aro a quienes les han pagado el billete andorrano.
Me hace mucha gracia cuando hablan de la fecha de caducidad de su profesión. “Me voy a Andorra para ahorrar porque no sé cuándo se puede acabar todo esto”, arguyen, como si no hubiera pasado una década desde que ese argumento pudiera tener algo de peso. YouTube o Twitch evolucionarán, pero ninguno llegará a su final. Ellos saben que la fecha de caducidad está en sus propios culos y no todos tienen preparado su futuro —no será por deportistas de élite que han caído—. Cuando llegue ese día, que llegará, la bella Andorra dejará de ser atractiva. Y entonces, ¿qué?



